viernes, 17 de abril de 2020

Reseña de Adelaida Porras Medrano: “Lacrimae rerum”. Ed. Takara. Col.. Helena, 2017


Adelaida Porras Medrano  es una madrileña afincada en Sevilla, profesora de filología francesa en la Universidad de Sevilla. Ha publicado un libro de relatos (Perlas australianas y otros relatos, Alfar, 2009), novela corta (Otra vez esta noche, Alfar, 2011) y cuentos infantiles (Polvo de estrellas, Alfar, 2016). Este es, por ahora, su última incursión en la poesía.
                Lo que nos vamos a encontrar aquí son poemas en los que se rastrea la elegancia y el gusto por la factura clásica que anuncia el uso del latín para el título. Se divide en dos grandes bloques, Claridad y Tiniebla. El primer poema, Al alba, está pensado para servir de fondo griego: “La aurora diluye el manto de tiniebla, / sosiega la inquietud, / disuelve los temores / y, en su reflejo de cristales, / devuelve al mundo la sonrisa” (Al alba).
El gusto por autores consagrados por el canon, de Bécquer a Juan Ramón y Miguel Hernández, se aprecia en no pocos poemas: “Es sorpresa contenida en una sílaba, / arrebato prisionero de una nota, / remolino que fluye a borbotón de furia / … / Tú voz es despertar, risa, llanto, / suspiro, gemido, fino, / ronco, sueño, entrecortado reposo, / luciérnaga diurna que inunda de sol la nada / y afirma que estás ahí / y quieres hacerte reír”” (Presencia).
Y, de un mismo modo, el registro pivota en torno a temas clásicos, como el paso del tiempo, el amor y algunos de llegada más contemporánea como el cuestionamiento de la identidad, que se entremezclan otorgando a los poemas una novedad sin estridencias: “Mucho tiempo tardé en comprender / que no éramos una única persona. / Te sentí mi cuerpo, mi conciencia, mi otro yo. / Eras mi réplica” (Juan); “Tú, pequeño boxeador de combates diarios, / tú, como yo, como todos, / eres, desgraciadamente, mortal” (Newton).
La primera parte apunta un optimismo y un disfrute de la vida más claro: “No temas al futuro. / Romperás la crisálida que te envuelve, / vencerás la incertidumbre y / florecerás mañana en la batalla” (Amazona herida). Pueden tomar la forma de unas nanas (Nocturno) o pueden presentarse como un oxímoron delicado: “Has ganado la batalla. / Mi derrota es dulce. / Nunca pensé que llegaría a quererte tanto” (Exorcismo)
Claramente de inspiración clásica son el soneto de Canto Ibero, dedicado a su padre: “Escucha, Ibera, al hombre austero / que aún hoy, con su voz temblorosa, / te brinda un canto guerrero” o las redondillas: “Por recuperar el ayer / no volverá la alegría. / Dos veces nadie podría / en la misma fuente beber”. Terminan la sección una serie de sonetos de elogio, tanto por las jubilaciones de cercanos como de homenaje a los emigrantes.
Tiniebla, como no podía ser de otra forma, lo conforman poemas más sombríos, pero quizás, donde se encuentre la sustancia poética de manera más honda. No queremos decir que se conviertan en poemas donde la épica de la desgracia o del perdedor confiera solemnidad a los poemas, más bien, que Adelaida Porras consigue transmitir al lector la sensación poética de una manera más inmediata. Por ejemplo, Rapaz nocturna asume el drama y su transformación (“anidó, / porque te arrancaron la inocencia / y decidiste ser su esclavo”), Cíclope asume de manera inconsciente su naturaleza (“El cíclope ignora que lo es, / porque siempre lo fue”, Cíclope).
Una primera persona se alza entre estos versos dolidos: “Mi alma como ala sin plumas” (Sombras); “Me entrego al abismo protector, / tinieblas que me cubren. / buceo entre restos putrefactos / que se adhieren a mis párpados. / Sumergida por siempre, / silencio que interpela, / eco inaudible de mi propia sombra” (Sombras). El yo poético se sumerge en la estética del romanticismo como el pasajero ante el mar de niebla: “No me des la mano. / Déjame caer. / Quiero gozar del vértigo / hasta el abismo / y, al llegar a la sima, / bucear en la turbiedad del fondo” (Descenso). El descenso hacia lo más profundo del yo ofrece unas perspectivas poéticas y emocionales que se convierten en una introspección casi onírica:  “Sumergido en el lodo silencioso, / deseas hacer tuyo lo inaudible, / pero aún percibes un eco sostenido / en el pulso enlentecido de tus sienes” (Ciénaga).
Las profundidades, el lodo, el abismo, las algas enredadas… no es el abismo abierto de lo sublime que acongojaba a los escritores del XIX, es el momento de la culpa y del pasado que embarra un presente y lo arrastra. La poeta se ve abocada a lidiar con la viscosidad de un peso que lastra el presente: “Brazada a brazada avanza en el légamo / apartando restos del pasado sumergido, / presencia viscosa que entorpece / como algas enredadas en tus dedos” (El nadador); con la culpa; “La culpa te empuja / y caes, inevitablemente, / como las piedras que arrastras en tu caída” (Gravedad). Entre el perro hundido en el barro de Goya y los destellos de la luz y el vapor de Turner se mueven estos poemas: “En el reflejo del charco ennegrecido / adivinas la silueta de tu alma, / pobre recuerdo de tenue brillo / al que asfixia tu presencia. / Y decides alejarte, / sin volver la vista atrás, / envuelto en tu manto de tinieblas” (Vapor de agua). Son, precisamente, las pinturas negras del aragonés las que mejor definen el espacio poético con el que se cierra el volumen: “Formas parte del círculo simiente, / Eres su centro” (Pesadilla); “Danzad, danzad, malditos, / al ritmo de nuestros impíos corazones” (Aquelarre).

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