miércoles, 24 de mayo de 2023

Reseña de Beatriz Pérez Sánchez: ‘Memoria’. Averso. Poesía. 2023

5 poemas de Memoria, de Beatriz Pérez Sánchez - Zenda

Beatriz Pérez Sánchez, licenciada en Pedagogía y Educación social e integrante del grupo poético Laie, interesada en la relación entre la poesía y la danza, aborda en este poemario una cuestión esencial, que ahonda más tras los recomendables De perfiles, vértices, plantas, cuerpos, árboles y escenarios (La Náusea, 2016), Numb, la espera sostenida (La Náusea, 2016), De Violetas, mares, cielos, laberintos y cartas and a selection of poems in English (La Náusea, 2017) y la preciosa plaquette Empty, ojos cerrados (2018). Como bien señala en el prólogo Marisol Sánchez Gómez, siguiendo la teoría de Adrienne Rich, los cuidados y la maternidad pueden ser extremadamente opresores. En este caso una hija y madre cuidadora. El gozne de la memoria abre hacia los recuerdos sobre la maternidad y hacia una madre que va perdiendo la memoria. Así se muestran la complejidad de esos vínculos y los cuidados. La voz se alza en contra la obligación de asumirse como paciente en todos los sentidos.

Desde tu corazón umbilical juega con la ambigüedad semántica de la segunda persona en la que no sabemos a qué interlocutor interpela y que puede entenderse como un diálogo real o con una misma. Puede ser el cordón umbilical que todavía le une a su madre o el que, figuradamente también une a su hijo: “Desaparezcas más rápido que invisible. / Puedes provocar el invierno, / el frío o la brisa, / pero generas un nacimiento. / Un viaje hacia el lugar en el que las hojas caen / y el árbol sostiene los días /…/ No te mueras tan pronto, / te voy a respirar”; “Y tú mi niño tibio: / cada día es único y prescindible”.

Una seña de identidad de ese cordón es el sufrimiento ineludible y perpetuo: “Algunas noches / era tu dolor amargo / para mi noche sin símbolo”; “Encerrarte se decidió sin ti. / Debía ser así para el engranaje / para ser devorada por la máquina”. Un dolor en el que no se debe ahondar: “En tu relato maquillado / hacerte ver que no entendías / era tu contradicción”; “Tu silencio era un arrastre de salvación”. Para contrarrestarlo, la salvación de la literatura aparece y no será la única vez: “Construí una librería para poder sobrevivir. / Ella es mi cómplice. // El encierro en casa es como una olla de alaridos”.

La segunda sección, Desde el otro lado del vínculo, tiene un mood algo más reflexivo: “Giras para permanecer / para nombrar una mirada que intimide / para llegar / para llegar con la furia de tu cuerpo / para que nadie jamás cuestione el sudor, / tus días ilimitados / y el deseo irresponsable”; “No estás hecha de material tangible. / Y se desconoce / cuando habitas aquel poema sobre las nebulosas”. Se conjuga el sentimiento con el análisis de una situación que arrastra con fuerza, la de las costumbres y la del afecto: “Cuando la histeria es la condición / no es la soledad la que afina la creencia / de que fundirse es el lado más fácil”; “Hay realidades que se aspiran: / soñar que la nevera se llena sola / despertar tu tez dentro de un vínculo / o saber que ser madre no se sabe hasta que no se es”.

La desolación es el resultado de este lado del vínculo, el vaciamiento: “Ya todo está vacío, ya puedo esperar”; “¿De qué sirve llorar? / ¿Quién está detrás de la pantomima? /…/ Y tus ojos se envenenan de culpa / al negror del celo”. Y es la memoria quien aporta la continuidad y parte de la cordura: “Observas // pensaste en la esfera de lo posible, / en aquellos días blancos / en la luz que genera el ápice de dolor / entre el pulso y la calma // Y observas: nunca nada es transversal”. Aunque, desgraciadamente, no abrigan siempre, ni a una (“Los versos que provienen del frío no sirven / cuando algunas tardes e amenaza el cuerpo”) ni a los otros: “No nos atrevemos a anunciarles / que su suerte no está allí, / que el infierno está en el mar”.

Desde el punto intermedio del vínculo recorre los senderos de la memoria más corta del hijo: “Ahora nadamos con tu vaivén / como si fuéramos corriente / como si fuéramos aves sin destino / como si fuéramos lo que queremos ser dentro de ti”; “¿Pero entonces la infancia se diluye? // Dicen que es más complejo. / El sueño espacia la memoria. / El sueño espacia la memoria, / desde el amanecer que acepta el instante”; “Caminamos el paseo con el mar a la derecha. / Tus pasos, ya algo más extensos, / a pocos centímetros de vuestras chanclas. / Un parloteo animado sobre trenes, / tus sueños. // ¿Qué buscas en esa pasión por aquello que transporta?”. Aunque las tres memorias de las tres generaciones van unidas.

Aparece la ternura entro de esta selva arisca de obligaciones morales: “Pero bien, / preguntas, / también cuando afirmas / sobre un bucle o pequeña quiebra. / Y sin nombre, te puedo contemplar / mágicamente orilla, / subir al canal / y decir / nada es perfecto / pero hay un ángulo oculto en sí”. Compensa, pues, en parte, el dolor: “No siento un ápice la cicatriz, / ni el amparo del vínculo. // No somos más que escarcha / un milagro frágil / unos pies sin sentido. / Somos aquello que perdura”; “Te preparas. / Luces tu mejor vestido sin plumas. / Donde nace el saber se deshace la esclavitud”. Solo a veces, porque hay “Demasiada realidad, a veces. / Demasiado eco bajo tu piel” y que “La muerte / silba agónica / sin otro cuidado que tu rumor tras los pasos del ave”.

Por último, Desde mi cordón umbilical, adopta el punto de vista personal en el mismo doble sentido que en la primera parte: “Descendemos y no queremos saber. / Descendemos porque nos sostienes. / Descendemos con el miedo del silbante / que se sabe humano. // Descendemos con la permanente mezcla de ceniza / y cual de nuestro arraigo. // Descendemos porque nos arraigas. / Descendemos hacia los días opacos. / Descendemos hacia ese lugar donde respiras / y te desvaneces”.

Domina el tono elegíaco en estos versos por algo que está en trámite de perderse: “Existe un ruido interno que enciende tu voz / como los veranos que pasamos juntas con el niño /…/ Pensaba que el silencio era hermoso”; “Son mis manos las que ahora velan hacia ese lugar / inicial de donde la nada fue un principio”; “Hay un peso específico en tu piel / que se ha sucedido desde entonces”. Lo describe Beatriz Pérez con elementos de los sentidos, de la memoria y de lo más íntimo, aprovechando las resonancia de los conceptos para acercarnos de manera intuitiva a esta desolación: “Te has quedado desvalida / y a ratos menos cuerda /…/ En eso no transforman: / era una necesidad de seguir esa vinculación, / en una extensa cuerda que tira / en una memoria de lo impreciso”; “La obsesión ha sido sustituida por el calvario, / el cansancio y la angustia / y yo solo pienso en abrigarte. // Necesito tu mano cálida / y respirar al olor de mi infancia. // No puedo dejarte volar todavía”.

Más allá de la esperanza, de la vana esperanza, está la lucidez de buscar en el espacio liminar entre el duelo y el recuerdo, entre la tragedia y la belleza, entre el presente y el futuro: “En los márgenes de la belleza / seguimos siendo infancia y nada creíbles. / No somos más que escarcha reseca / frente a campos de arroz. / No estamos tan acompañados”. Unos versos que van encerrando la memoria terrible de lo que nos queda por venir.

 

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