domingo, 4 de octubre de 2026

Reseña de la revista Ítaca. La poesía ayuda a vivir. Nº 14. Verano 2026

ÍTACA Nº 14: POESÍA Y AUTOCONOCIMIENTO por ISABEL MARINA – Blogs de  Culturamas

Hay algo particularmente apropiado en que una revista de poesía llamada Ítaca dedique su decimocuarto número a la relación entre poesía y conocimiento de uno mismo. La isla de Cavafis —esa Ítaca que no es tanto un lugar de llegada como la razón que hace posible el viaje— constituye una de las mejores metáforas para entender el proyecto de esta publicación. Escribir y leer son también formas de desplazamiento hacia un territorio que creemos propio y que, sin embargo, nunca terminamos de conocer. El número 14 de Ítaca, presentado bajo el epígrafe “Poesía y autoconocimiento”, parte de una convicción que Isabel Marina formula en su presentación: el “poder terapéutico de la lectura y la escritura de poesía”, su capacidad para “mejorar nuestras vidas”. La afirmación podría resultar peligrosa si se entendiera la poesía como una suerte de medicina alternativa o como una versión sofisticada de la autoayuda. El interés del número reside, precisamente, en que sus mejores materiales parecen situar la cuestión en un territorio mucho más complejo. La poesía no cura necesariamente porque resuelva aquello que nos duele, sino porque consigue darle una forma verbal a aquello que, antes de ser dicho, carecía incluso de una forma reconocible. El poema no elimina la experiencia: la transforma. Y en esa transformación puede producirse algo parecido al conocimiento.

En este sentido adquiere especial importancia la presencia de Anna Ajmátova, una de las figuras centrales del número. Andrés Calvo aborda su poesía desde su capacidad para ayudar a elaborar las experiencias traumáticas y favorecer un proceso de introspección. La elección resulta especialmente pertinente. Ajmátova demuestra que convertir el dolor en palabras no equivale a domesticarlo. Además de una breve aportación a su biografía, el número cuenta con una selección de treinta y un poemas  recopilados por José García Gabaldón. Su poesía conserva la aspereza de la herida, su dimensión colectiva y su parte de silencio. La palabra no clausura aquello que nombra; a veces consigue justamente lo contrario: hacerlo más visible. Hay algo profundamente moderno en esa concepción de la poesía: “Algún embaucador escribió / que en la tierra existe el amor. // Y por tedio o por desidia / todos los creyeron y viven así: / aguardan citas, temen separaciones / y cantan canciones de amor. // Pero para otros se revela el misterio / y sobre ellos reposa el silencio… / Lo descubrí por casualidad / y hasta ahora estoy siempre como dolorida. Frente a la tentación de convertir la literatura en confesión transparente, Ajmátova recuerda que la experiencia individual adquiere su verdadera dimensión cuando encuentra una forma capaz de trascenderla. El sufrimiento deja de ser únicamente biográfico y se convierte en memoria, testimonio, conciencia histórica. Lo íntimo, al entrar en el poema, deja de pertenecernos por completo.

Esta tensión entre intimidad y extrañeza reaparece en las páginas dedicadas a César Simón. Es de agradecer la reivindicación de este enorme escritor, quizás opacado por compañeros de generación. El poeta valenciano hizo del enigma una de las claves de su escritura y su obra se aproxima a ese territorio fronterizo donde, como recuerda el número, se puede “ser y no ser a un tiempo, / existir y fingir, / temblar y no ser nada…”. La inclusión de una semblanza escrita por su hija, Claudia, junto con una selección de poemas, añade además una dimensión particularmente sugestiva: la posibilidad de acercarse a un escritor desde la intimidad biográfica sin reducir su obra a esa intimidad. Porque precisamente ahí comienza el misterio de la literatura: cuando la persona que escribe deja de coincidir enteramente con el personaje que aparece en sus versos. César Simón interesa porque el yo no se presenta como una evidencia, sino como una pregunta. Su poesía no ofrece una identidad definitiva; nos coloca ante la extrañeza de existir, ante ese desajuste entre lo que creemos ser y aquello que las palabras descubren cuando intentamos decirnos: “Palabra, no destruyas / en torno a ti la muerte, / lo que las manos tocan sin romperlo, / esa vaga molicie, / espejo transparente, este suceso / del viento en los olivos”.

Algo semejante ocurre con Luis Miguel Rabanal, abordado aquí por José María Castrillón. Rabanal pertenece a esa estirpe de poetas para quienes la experiencia cotidiana, el cuerpo, la enfermedad, la memoria y la conciencia adquieren una densidad que desborda cualquier realismo inmediato: “hemos llegado a ese trecho de la vida / en que esperamos ver morir a los amigos, / pero da igual, tú atrapa la bondad del homeópata / que te lastima y véndele los ojos”. Su escritura parece avanzar siempre sobre una zona vulnerable de la existencia, allí donde las certezas pierden consistencia. En él, como en Simón, la poesía no funciona como explicación, sino como aproximación a aquello que se resiste a ser explicado.

La sección de poemas inéditos comienza con Eva Beriain (Desiertos sin término / donde el horizonte retrocede a cada paso, / y caminar no acerca: / despoja”); Charo Bernal (“La quietud en el agua del jarrón de cristal, / que reposa en la mesa, / mientras mis ojos leves / navegan este océano tan mínimo, / apacigua la siesta”); Maru Bernal (“Deméter renace mujer, madre, hija, anciana con una gavilla de grano, parturienta desbrozando bancales, niña que riega el surco de la semilla, diosa que unce los bueyes del arado”); Carmen Echegaray (“Llegar muy lejos / y recorrer paisajes nuevos, / pero conservando siempre / un puñado de / nuestra propia arena / en el bolsillo”); Mercedes Escolano (“Lo que el poeta dice / se lo lleva el viento a cuestas”); Vicente García (“El universo / es una pesadilla en todos los sentidos. // Pero puede salvarnos la poesía. / Las palabras ajenas y las propias”); Pedro López Lara (“Me gusta rescatar poemas. / Los desahuciados como este, / aquellos que su propio autor despreció”); Mercedes Márquez Bernal (“Y a capricho, como decide la mañana / si vestirse de oscuridad o luz, / la tierra de mis pensamientos / se embebe de desencanto, / firmes creencias o delirios”); Vicente Muñoz Álvarez (“ver que envejeces / ver que haces aguas /…/ ver que naufragas // pero seguir navegando / hacia el fondo de ti // más allá el Kraken”); Rosario Neira (“Así una planta crece, /…/ asciende desde el otro lado de la noche, / transformándose en verde, / en tallo, en hojas, / en las azules flores / que hoy sin saberlo / te nombran”); Alfredo Piquer (“Y este doliente crecer de los olivos / en el hondo silencio milenario / con que aferran su raíz a la tierra / y se alzan de noche bajo océanos estelares”); Miguel Ángel Real (“Yo diría que las líneas son creaciones del hombre, / como el odio y la vergüenza y la fe en los cuentos: / observo una ciudad y los raíles del tranvía se reflejan / en mínimas sombras aéreas. Son solo cables”);Manuel Toranzo Montero (“No deja nada intacto, ni siquiera / esta erosión de sangre y capitales, / el préstamo del tiempo sin carencia”).

Las distintas aportaciones del número parecen converger así, aunque desde perspectivas muy diferentes, en una idea que resulta más interesante cuanto menos se formula de manera explícita: escribir desde uno mismo supone descubrir que ese “uno mismo” no es una realidad transparente. La escritura convierte la intimidad en algo exterior; lo que era experiencia privada se vuelve ritmo, imagen, memoria, silencio. El poema introduce una distancia y, paradójicamente, esa distancia permite mirar de otro modo aquello que creíamos conocer. La buena poesía no necesariamente nos hace sentir mejor. A veces consigue algo más difícil: nos hace sentir de otra manera.

El resto del número finaliza con las habituales reseñas de libros, prolonga esta conversación sin convertirla en un programa cerrado. Eva Beriain se hace eco de Luna baja (Renacimiento, 2025) de Francisco Díaz de Castro; Jesús Cárdenas se ocupa de Antonio Manilla y su Cosa nostra (Hiperión). Un servidor glosa Un mar que nadie mira, de Marina Casado (Reino de Cordelia, 2025) mientras que Juan Francisco Quevedo reseña El mar que nos salva de Nicolás Corraliza (El sastre de Apollinaire, 2025) y, para finalizar, Isabel Marina analiza el último libro de Teresa Garbí, Algo más frágil (Renac imiento, 2026). Y ahí se encuentra otra de las virtudes de Ítaca: su capacidad para reunir voces distintas sin imponer una estética única. La revista se entiende como un espacio de encuentro, una pequeña isla —por utilizar la imagen emblemática— en la que caben distintas maneras de entender la poesía y su relación con la vida.

Quizá esa sea, en última instancia, la mejor justificación del título de la revista. Ítaca no es la certeza de haber llegado, sino la posibilidad de seguir buscando. Y este número 14 recuerda que la literatura puede acompañar ese viaje precisamente porque no ofrece mapas demasiado precisos. La poesía abre habitaciones que no sabíamos que existían, devuelve a la memoria aquello que habíamos apartado y convierte lo vivido en una materia nueva, susceptible de ser mirada desde otro lugar. No siempre salimos de un poema con más certezas. A veces salimos con mejores preguntas. Y quizá eso sea todo lo que puede pedirse a la poesía: no que nos explique, ni siquiera que nos cure, sino que encuentre una forma para aquello que todavía no sabíamos cómo decir.

 

 

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