viernes, 21 de octubre de 2022

Reseña de Marina Tapia: ‘Bosque silencioso’. Ilmo. Ayuntamiento de Aguilar de Campoo. 2022

EN UN BOSQUE EXTRANJERO: Dos libros de Marina Tapia

Marina Tapia nació en Valparaíso (Chile, 1975) y vive desde el 2000 en España. Durante 2013 se trasladó a Granada, desde donde realiza una variada actividad cultural, tanto como escritora como artista plástica. Entre su producción destacamos 50 mujeres desnudas (2013), El relámpago en la habitación (2013), Marjales de interior (2017), Jardín imposible (2020), El Deleite (2020) y el recién aparecido Cortezas (2022).

Bosque silencioso, ganador del certamen Águila de poesía, organizado por el Ayuntamiento de Aguilar del Campoo, se divide en dos grandes bloques, Búsqueda y Médula. Entre sus versos encontramos la indagación y contemplación de los elementos del bosque como una sinestesia de la vida y la poesía. Es el espacio como una burbuja donde se concentra la realidad circundante en forma de ramas, hojas, sonidos, colores, sensaciones táctiles, aromas. Un “lenguaje sin palabras /…/ vuelvo a la tierra siempre para oírme / para acallar al mundo, su disenso” (Andadura). La quietud a la que aboca la naturaleza es propicia a la meditación: “Silencio, / a ti te busco / con la contrariedad de mis palabras” (Casi venerable). Marina Tapia nos acerca a su camino de indagación: “He aprendido a buscar / más afuera del mapa. / Quieres tu identidad / nota prolongada, prieta”  y ha encontrado entre las ramas y los troncos un lugar propicio, de sensaciones primordiales y serenidad: “Todo lo que he contado en cada verso / fue fruto de certezas, / y ahora / la única verdad que me circunda / es este sol benigno de la paz” (Sin simulación).

Los grandes escritores del bosque, de Thoreau a María Zambrano, han encontrado en los claros un remanso donde encontrarse a sí mismos, a la verdadera naturaleza de cada ser humano individual, desprendiéndose de la cáscara de convencionalismos impuestos: “Basta de convención, / de ruegos tibios, / de caminar quitando cada púa /…/ Un incendio ha de sitiar mañana el territorio, destruir los mecánicos gestos, / los diálogos sin juicio, sin debate” (Zarza ardiente). No dudemos en calificar de filosófica la postura eminentemente lírica de Marina Tapia: “Apiádate de aqueste afán de gruta. / Apiádate del hombre: / tan pocas veces nómada, / tan hondamente atado a un territorio, / al rito y al ritual de la memoria” (Dependencias). Todo un repertorio de sensaciones para el locus amoenus, como exactamente califica de Paraíso  hallado: “pinares, vosotros me donáis lo que yo espero /…/ Ya existe. / Ya existe intimidad entre nosotros”.

El bosque no es solo un escenario, es el símbolo de la naturaleza, como emblema de la belleza y lo auténtico, es el lugar donde conectar con lo más esencial: “Es solo comunión lo que urge. / Un afán de ritual, / quizá de sacrificio en pos de la belleza./…/ Poetas, seamos resistencia, / cultivadores netos del asombro” (Signo); “Anhelo / la incidencia precisa de la luz” (Lo que me ocupa). Ahí, en ese claro, comienza la labor, el “Empeño de la vida por nombrarse” (Fotosíntesis), cuando sabemos distinguir cada tonalidad de cada sentido: “¿Hay matices del silencio? /…/ ¿Cómo asentar la masa del silencio? / ¿Cómo expandir su ensueño?” (Acercamiento). Decimos burbuja, Marina Tapia, habla de Clausura: “La vida nos empuja a estar distantes”. Porque, continúa, “Desplazo el pensamiento a los espacios, / lo fundo con la masa del paisaje, / como se hacía antaño, / en el amanecer / del mundo” (Detenerse, callar). De esa comunión llega la transmigración del espíritu: “El paisaje me otorga / la estatura precisa, / no agiganta mi ser, / no recuerda mi nombre, / pero me acoge cálido, / tal vez como una hija” (Celebro ser espora). El bosque es el lugar, el único lugar, quizás, donde se pueda encontrar “El Hacedor de horas, / la fuerza preservada / y el misterio, / aquello tan buscado / y tan temido” (Visión). Es el lugar donde “Hoy todo es audible, / hasta la música de las esferas” (Evidencia).

Médula es el título de la segunda parte, donde van surgiendo todos los elementos del élan vital, de la energía que brota y bulle: “Del grillo y de la hormiga, / del retoño, / a ellos pertenece todo esto, / cada talud, / cada labio de falla, / cada fulgor que aquí / se deposita” (Tesoros colectivos). En el bosque “Siento presencias, / sonidos tan ligeros que me siguen / vienen y van, / mi juicio los apaga” (Clepsidra). Donde se advierte la duración y el paso del tiempo (“Los siglos se han teñido de distinto color”, Estrato de una roca), “No se desplazan, / conocen el vacío / que existe de mi límite a tu límite / y aquella posición horizontal que nos conduce hasta la muerte” (Árboles).

Este es un canto a la belleza, a la contemplación, al disfrute minucioso de lo más vivo: “Cuánta belleza oculta / reparten las ardillas y este agosto” (Médula);  “Viento, qué larga es tu canción, qué persistente / he de aprender de ti / la loa y el lamento vital que te recorren” (Ruegos de la tarde). El bosque abre los sentidos, aunque uno llegue, como confiesa Marina Tapia, casi por casualidad: “Yo me perdí en el bosque sin quererlo” (Feroz necesidad).

 

lunes, 17 de octubre de 2022

Reseña de Efi Cubero: ‘Solo inclasificable’. Isla de Siltolá. 2021

Solo inclasificable – La Isla de Siltolá

“Calló Coltrane y apagué la luz”

(Jazz)

De inclasificable efectivamente podría etiquetarse a Efi Cubero, versátil, se acerca a varias disciplinas y las engarza con maestría y elegancia. Podríamos retorcer el título y jugar con la ambigüedad que las últimas normas de ortografía nos permiten. El “solo” podríamos tomarlo como un adverbio y como un sustantivo al que hacen referencia tanto la cualidad de la soledad como la disciplina musical. Juguemos, pues, a entretejer los significados a partir de la multiplicidad de lecturas que un volumen tan sólido nos ofrece. Son tanto la soledad vital como la cualidad sonora los dos ejes a partir de los que se articula este poemario dividido según términos musicales.

El primero, Acordes, hace acopio del entrelazamiento de los seres humanos a partir del arte: “Al fondo de los fondos de la cueva / la representación de la distancia / en paredes opacas rojo oscuro / deja en el muro un aire de intemperie. / Fragmentos de creación sangran inermes / por los dedos desnudos del extraño” (Armadura de clave); “La piel del interior es piedra líquida, / aire estelar y huella nunca hollada / ¿quién podrá atravesarla, descifrarla, sin que algo nuevo lo remueva?” (La piel); “Cómo tiembla la vida, el cuerpo y el deseo, / la materia, el silencio. / Esto que llama Alma, leve soplo. / Hálito solamente veintiún gramos” (Filos). Prepara, como una introducción la sustancia doliente de este poemario.

Contrapunto continúa la descripción dual de la naturaleza humana, soledad y compañía, luz y sombra, poesía y pintura, misterio y certeza: “–Ah, olvide por completo / que para andar necesita usted luz / Dijo el músico ciego, mirándole de frente / imperturbable” (La luz); “Para escudarme existe otra caligrafía. / La que no es contemplable. / La que absorbe la luz y la palabra omite. / La que afirma, dudando, la mirada” (Caligrafía); “Intento en vano descifrar misterios / de imágenes que surgen / como algo diferente que iluminan / profecías que no sé descifrar /…/ Lo evasivo de algún significado / que oscila entre la seca claridad / en la red bautismos de lo inefable” (Secuencias). Efi Cubero trasciende en su escritura la simple anécdota y explica con claridad aquello que la filosofía enseña, la necesidad de la calma y el silencio: “Qué necesarios siempre los silencios” (Silencios); “Ser solo en la palabra / un solo de silencio” (Rito); “No imponer demasiado la presencia. / Pues para ser has de ignorar qué eres. / Serás solo náufrago y / como en los relatos de niños, / olvidada de ti / las formas del azar crearán tu isla” (Ad libitum).

Como contraposición, la sección siguiente se despliega en un Allegro: “El interior emerge en soledades. / A veces la palabra / guarda fidelidad de perro triste / que anhela la caricia de un lector de futuro” (Sílabas); “Me gusta este combate a solas contra el viento, / Solo por ver volar el sueño de la infancia” (Cometa). No necesariamente se alcanza la beatitud con la alegría desbordante, hay una serena contemplación de las tareas y los paisajes: “La soledad del héroe / tras su amputado miembro / capaz de devolver vida a lo inerte / domeñar a las sombras / medir el sufrimiento de lo aciago / con la fuerza del hombre y su cordura” (Ritmo); “Calma del campo, lluvia, / constelaciones, / estas flores humildes / bajo mis dedos” (Calma).

“de una verdad sin nombre

a la que no podremos acceder sin herirnos” (Movimiento)

La tarea de este héroe que transita por las veredas de lo cotidiano es enfrentarse a elementos y dioses que conjuran, a desafíos y certezas: “Bien sabes que el poeta es un incordiador en un mundo de solos, / una ecuación fractal donde expresa silencio. / Y verdades” (Pentagrama); “Orgánica y secreta, esta naturaleza / de las cosas, la de mi propio yo, / toda ceguera. / Lo que no impide a veces que vislumbre / la verdad constatada / de la iluminación que nunca obtuve” (Naturaleza). La más importante de las cuales es la muerte: “entre la incertidumbre y la certeza, / sin que el tiempo ni la muerte importen” (Suma). Para afrontarla no hay sino lo esencial: “Has vuelto a su raíz para quedarte” (Firmeza); “La clave está en el cáliz / el arañazo hiriente / de la espina” (Frágil). Una transformación que parte de la interpretación del mundo, de la manera de ver y nombrar: “Brota un caudal de tiempo / como si abril nos regalara / un sueño / y todo tiene su voz”; “un lugar que transforma, simplemente, porque nos simboliza” (Muros).

Lo inclasificable es fruto de los contrastes, de las paradojas: “La incertidumbre / es mirar más adentro / sin encontrarnos” (Incertidumbre). La que nos afecta como individuos (“Sola entre multitudes / busco la conjunción. / Trazo mi propia línea / hasta que todo sea / profundidad”, Líneas), la que nos arroja al mundo, al tiempo y enfrenta duración e instante (“Escribo para el Tiempo. / Y el tiempo no es el tiempo de mi piel, / sino el hondo temblor de otra sustancia. // Aún más que el escribir. Cautela”, Reserva). La luz y la sombra, en suma: “Nos preceden las huellas invisibles. / Somos la luz y la inestable sombra” (Las huellas).

En el proceso de formación podemos ser fruto de la fundición (“Me da miedo la espada forjada con monedas”, Monedas), aunque Efi Cubero aboga por ser como el agua: “Hay que obrar como el agua, / también por erosión, / sedimentando” (Erosión). En los poemas se advierte la búsqueda interior que gira la mirada inside-out, del revés, de adentro para afuera (“Giré mi rostro pero no hubo nadie / Eran solo mis pasos desdoblados”, Brasas); del pasado al presente y al pasado (“No deseas la nostalgia. / Clausuraría este ritmo / para asirte a un pasado que / –por mucho que quieras– ya no regresará”, Aterrizaje). Sobre todo, una férrea voluntad de caminar, como los filósofos de la cabaña, como Wittgenstein, Heidegger, Thoreau y, sobre todo, María Zambrano: “Sendero y bosque / del que solo rescato / luz y quimera” (Modulación); “La auténtica lección: / vigilar las hogueras, aventar la ceniza / y dialogar con algo misterioso / que permanece a salvo e ilumina / lo más oculto de tu propio anhelo” (Seguir). Y, en contraposición, un largo poema en prosa sobre Londres (Desenfocado): “Tal fuera el cansancio o la debilidad del andar mucho, pero sentí que un vértigo de olvido me empujaba a la luz desde su torre”

“Impresión de más allá de un todo

 frente a la línea transversal que acorta

la vida que reescribe su extrañeza” (Código)

Tras Andante, la última sección, Adagio, reserva los poemas en los que la tristeza y el dolor se desdoblan en los versos: “El mundo se inaugura en lo profundo /…/. Sobre el desasosiego de sus vetas profundas, / el mundo zozobraba en lo inestable bajo la tensa calma / de todo lo precario de las líneas en la fragilidad del balanceo” (Compás de ¾). Este es el momento de “Espacios de la ausencia” (Espera), el momento de mirar al pasado tamizando recuerdos: “¿Con qué momento único me quedo?” (Hora); “No es la fotografía, / es el rincón que el ojo ha decidido”. Poemas dolientes sobre la ausencia: “Besaba cada poro de su piel / hasta sellar el pacto que firmamos” (Pacto); “Con tu marcha trazaste una ciudad de nieve” (Partida). Palabras simples, elementales, verdad: “Hoy es mi cumpleaños y hace frío” (12 de diciembre). Y frente a la desolación la fiera lucha, “Porque todo lo salva / la voz alzando lo que te derriba” (Madera);  “Ser manantial tan solo / huir de los espejos” (Elegía). Para Efi Cubero “No queda otro remedio / que replegarse al fondo de mí misma / de una justa manera / cuando el presente ya solo es pasado / y el futuro ilusorio apunto a lo finito” (Presente). En resumen, este bellísimo libro, recuerda que:

“Para eludir la muerte

atestigua la vida” (Soledad)

viernes, 14 de octubre de 2022

Reseña de Alberto Buitrago Jiménez: ‘Amorismos’. BajAmar. 2020

AMORISMOS - ALBERTO BUITRAGO JIMENEZ - 9788412250077

Alberto Buitrago acomete una empresa titánica. En este volumen recoge una generosa selección de aforismos sobre un tema muy concreto, el amor. Un asunto delicado y con una trayectoria literaria, incluso psicológica y filosófica tan enorme que podría resultar difícil aportar una visión personal acotada en el género breve.

Divide los aforismos en tres partes. Monodia, Contrapunto y Diccioamario. Las dos primeras aprovechan el ámbito metafórico de la música mientras que la tercera se presta más al juego de palabras y la paradoja. Monodia desarrolla una teoría del amor en la que es precisamente el sentimiento el que hace libre: “No quiero ser libre para amar. Quiero ser libre por amar. Que el amor sea la causa de la libertad, no su finalidad”. Por eso rechaza cualquier sufrimiento y cualquier malentendido que confunda los términos: “Tú me amabas para quererme y yo te quería para amarte. Fue imposible ponernos de acuerdo”; “El amor no duele. Tampoco duele el desamor. Duelen la soledad, la ausencia, la decepción, la desconfianza, la injusticia, la traición, la mentira, la desesperanza, la distancia, el tiempo, los celos… Es más, el amor suele ser el más potente analgésico contra todos estos dolores”. Contrariamente a lo que se tiene por cierto, la costumbre no necesariamente acaba con el amor: “Si, el amor es costumbre. La más rutinaria y la más necesaria de las costumbres”;  “A veces un “te amo” impulsivo suena tan sumamente solemne y fuera de lugar que te acaba dando vergüenza. Y más cuando recibes esa misma respuesta que suele darse a los niños caprichosos y con el mismo soniquete: “¡Vaaaaale!... ¡Que síííí…! ¡Que ya lo sééé---¡”.

Alberto Buitrago se anima también a la paradoja y al humor más o menos trágico:  “Me amó tanto que me hizo volar…, pero volar en pedazos.”;  “Separados a veces. Desunidos nunca”;“–Qué días es hoy /– Estamos amarte”. Aprovecha las convenciones y las frases hechas para darle una vuelta de tuerca: “El amor, como la mentira, tiene las piernas muy cortas”; “El amor termina, pero no se termina”;  “Las historias de amor suelen tener un final abierto. Abierto en canal”; “El amor no te cambia la vida, te la devuelve”;  “El amor se nutre de lo que no está escrito”; “Hágase nuestra voluntad así es mi cuerpo como es tu cuerpo, no dejemos de caer en la tentación y líbrenos del mal. Amémonos”…

Y si a veces reina la lírica (“Hay tardes de otoño lluvioso y soleados a las que se respira un aire tibio que huele a tu pelo recién lavado”), no pierde la ocasión para el desparpajo y la gracia:  “Hay personas que vienen con el amor de serie. Para otros es solo un accesorio, un gadget opcional que hay que pagar aparte”. Una mirada al léxico del amor siempre frucifica: “El presente de indicativo del verbo amar es amo, y bien concertado está, pues el dueño es el amor y como tal se comparte”.

La segunda parte,  Contrapunto, comienza con una cita de Barthes, con el que tiene más de una conexión Amorismos y Fragmentos de un discurso amoroso. Y no solo lo cita, también le contesta. En esta serie el autor decide enfrentarse a otros fragmentos de discursos, greguerías, pintadas, autores solemnes, poetas: “Esa soledad inmensa / de quererte solo yo” (Pedro Salinas, La voz a ti debida” “A pesar de la tilde, nunca fue más difícil distinguir adjetivo del adverbio. Y si hacemos caso a la RAE y se la quitamos…: “quiero estar solo contigo”; “Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora” (Milan Kundera, La insoportable levedad del ser) con el amor tampoco se juega. Se corre el riesgo de reducirlo a una metáfora”; “Amor nihil passet amore denegare (‘El amor nada puede negar al amor’) (Andreas Capellanus, De amore). Y más que a su naturaleza, de por sí caprichosa, esto se debe a su condición de omnívoro.

Entre las réplicas están Ibn Hazm, Facebook, Sabina, Cortázar, Juan Gelman, Elvira Sastre, Ovidio… :“Amo el lugar / del que parte mi vuelo / porque en tu impulso” (Rosario Troncoso, ‘Impulso’) ‘Pero vuelvo siempre / a esperarte, / porque algún día, quizá mañana, / volaremos juntos”; “El amor tiene fácil la entrada y difícil la salida” (Lope de Vega, La Dorotea). “Tal vez sea porque al otro lado de la puerta se intuye el precipicio”;  “La vida es un borrador que no se puede pasar a limpio” (Carmen Canet, Malabarismos) Y menos aún las páginas en las que se cuentan las historias de amor”; “una forma de amor, la libertad” (Joan Margarit, Aguafuerte), Una forma de libertad, el amor”; “Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje” (Feliz Grande, Las rubáiyatas de Horacio Martín). Y así nos escribimos, y nos leemos. Y, con la más trivial de las excusas, nos enredamos en interminable conversaciones de caricias”. Una disparidad de autores y de fragmentos trabajada con la paciencia del artesano que coloca las piezas de una maquinaria precisa: “Hoy es siempre todavía –Te amo siempre todavía”.

En la última serie, Diccioamario, da más cabida al humor y a la ocurrencia. No podemos evitar recordar el glorioso diccionario de Coll, reivindicable no solo como muestra de humor, también de lirismo y lucidez: “Aeroplamo: amor de altos vuelos”; “Amaratón: Carrera de resistencia amorosa”; “Amartillear: Golpear repetidamente con el martillo del amor”; “Amorfo: Amor sin carácter propio, sin personalidad, sin forma regular o bien definida”; “Amortal: Amor destinado a la muerte”. Con diferente fortuna en el resultado, unos más forzados (“Atrabesar: Besar más allá. Besar más lejos. Besar el beso. Besar el alma”; “Enamo: Persona de baja estatura amorosa o individuo que ama diminutamente”;  “Marama: Cuerda para atar al amor”; Zamoramo: Hermoso gentilicio en el que no cabe más amor (Léase lentamente y en voz alta)”), otros más ocurrentes (“Calmarte: Amarte que relaja y tranquiliza”; “Exclamar: Llevar el amor a su extremo o grado máximo”; “Gramártica: Ciencia que estudia los elementos de almor y sus combinaciones. Para mucho, más que ciencia es arte”). No solo son aforismos que jueguen con el lexema (“Poeama: Poema de temática amorosa”;”Quiroamarte: Dícese de quien ama con las manos”), también hay definiciones de los aledaños del amor (“Verano: Estación del año propicia para los calores inherentes al amar”).

Este volumen de aforismos se convierte en un lugar donde volver para degustar, para aclarar y, por qué no, para divertirse. Como señala el Epílogo:

 “Esta entera del amor como imprudencia plena de consciencia, de que no hay más amor sin arriesgada aventura, es una de las razones por las que estos comentarios, reflexiones e impulsos se han acomodado al papel y no en el olvido. La otra que en el fondo es la misma que la anterior, eres tú, que no han traído de la mano hasta las azucenas”

 

martes, 11 de octubre de 2022

Reseña de Rocío Muñoz: ‘Tacuarita’. Karima Editorial. 2015

Tacuarita (Aisé) : Muñoz Vergara, Rocío: Amazon.es: Libros


Karima editorial publicó en 2015 este Tacuarita de Rocío Muñoz, poeta sevillana que estudió filología hispánica y marchó a Argentina. De hecho, hay expresiones dialectales que atestiguan su paso por la República Austral. El volumen consta de dos partes y un Pre-ludio donde los poemas se consagran al nacimiento del deseo: “Me gusta la mordedura en la manzana. / Suena a manzana, suena a verde. / Suena a sexo y a armonía salvaje. / Soy la niña que muerde la manzana, / ingenua, agreste y agresiva” (El jardín). Las referencias a la naturaleza y al carácter casi mágico de las criaturas que la integran son el escenario propicio para una suerte de referencias mitológicas que ahondan en el deseo: “Tengo un pasadizo en la maleza, / donde se duerme bien / y cojo con criaturas maléficas / y nutro la tierra con su sangre / y construyo esqueletos que me sirven, / que no sé si me sirven, que me atacan / me están atacando me atacaron” (El bosque oscuro). Como en los cuentos de hadas, el paisaje natural y los castillos, los elementos cotidianos cobran una simbología más allá del mero argumento. En esas coordenadas se encuentran los poemas de rocío Muño: “Pero ¿quién desata mi trenza? ¿Quién desliza su flecha por mi música?/ Tengo un espejo y un reloj de arena y un cojoncito de raso. / Creo recordar que fui nenita / y sangrienta victimaria de la noche” (El castillo).

La Primera parte presenta a una protagonista perpleja en un mundo que se muestra incomprensible y en parte amenazante: “¿Cómo puede caber tanto ron y tanta miel en una sola botella? /…/ ¡Vámonos! / No sea que nos pudramos de cinismo. /…/ Donde quiera que esté / mi voz será plural, / y ustedes la verdad originaria” (Mutilación o carencia). Nos construimos a través de las contradicciones (“Si toda huida hacia fuera es una huida hacia / dentro, ¿entonces toda huida hacia dentro es una huida hacia fuera?”, Cruzando el charco) y, en ocasiones, la única respuesta posible a los desafíos de la vida es continuar viviendo sin entender, dejándose llevar por la acción propia (“Nado sin comprender, por eso nado”, Cruzando el charco) y abandonando lastre siendo consciente de las posibilidades porpias (“Cristo pesa. Yo no sé llevarlo sola a la otra orilla. / Probablemente no sea una buena conquistadora”, La tierra prometida).

Es el juego del lenguaje, el arte, la poesía lo que puede dotar de sentido a una existencia que probablemente no la tenga. Rocío Muñoz dedica algunos poemas a esta práctica tomada con distancia y sin idealizar: “Tengo en la mano una palabra. / La estrujo. La estrujo. / Me pica. Me muerde. Se va” (Palabra-bichito-globo); “Mente juguete / mente para jugar / mente no sujeta a una cabeza / mente descabezada” (Mente cate). Porque, de alguna manera, son las propias percepciones las que nos indican qué somos en realidad, pero todo está mediado por los conceptos: “La pena no es dura la pena es blanda / blanda hasta la descomposición / y mancha mucho /…/ y apenas si se dice / y se pega en la boca hasta sellarla” (La autopenita). Quizá sea necesario: “Destruir el lenguaje sobre el lenguaje mismo. / Romperlo todo, deshacerlo todo. / Desmembrarse, / volar a ras de tierra / entre ceniza y semen / y condones usados” (A ras de tierra). La autora, a partir de ahí, lanza un desafío: “Mi bastón se despliega como un falo / y penetra en el mundo / y lo fecunda. / Va dejando semilla / para que no me pierda, / para que encuentre pronto / el camino a casa. / Pero acá hay mucho pájaro con hambre” (El falo).

La segunda parte es más el territorio del fracaso y la derrota: “Acá todo es olvido y no importa nada” (Calipso bar). La urgencia vital y la conciencia de que todo se acaba, tema tan esencial a la literatura como a la vida misma: “Corta el aire en dos / y a la vez desoja la primavera. / collige virgo rosas / antes que las tronche el enemigo” (La rosa y la guadaña).

Se cruzan en estos poemas personajes clásicos (“No hay lugar para vos Helena errante”, Helena escarlata); con Alicia amenazada, que contiene versos de José Martí y donde se cita a Charly García y Bunbury: “Alicia se la banca. / Ya se agiganta, ya se empequeñece, / pero igual se la banca”. En este mundo donde se mezclan los personajes imaginados con los que han pasado al imaginario poético, no es de extrañar que la divinidad esté puesta en juego: “Yo veía como Dios / a traerte la Buena Noticia / a mostrarte otro mundo posible /…/ Trazo la línea decisiva / que lleva a tu mazmorra, / pero está tan profunda, tan profunda… /…/ Creo que mejor cierro el libro, guardo el mapa, / y me compro un celular nuevo” (Incomunicada). Estamos en la situación de indefensión y desubicación vital.

Se detecta en los últimos poemas un recurso a lo material, casi como un amuleto que protege, tanto simbólicamente como en el sentido práctico de ponernos los pies en el suelo: “Rosario concupiscible, / canasto de vísceras de río, / círculo vicioso de rosas indomesticables /…/ Rosario y yo, cagándonos de risa, / obscenas, depravadas, / cuerpo a cuerpo, latiendo al mismo ritmo, / iremos a tomar otra cerveza” (Rosario concupiscible). La tacuarita, esa especie de gorrión austral, es la alegoría de quienes tienen que sobrevivir en diferentes hábitats, alimentándose de lo pequeño y moviéndose a saltitos, y confiando en la esperanza: “Rota / la caracola / la caracola / la caracola. / Tacuarita se lleva en el pico la caracola Rota / y la pincha en tacuara / por si brota de nuevo / el árbol del que fluye la palabra” (América).