La
semana que llevamos ha sido interesante y no precisamente por los carnavales,
aunque parece, sin duda, que la política es un verdadero carnaval. Que ningún
partido haya conseguido una mayoría holgada para negociar es algo a lo que nos
tendremos que acostumbrar, como lo han hecho otros países. Pero sería
imperdonable acostumbrarnos a los continuos casos de corrupción que saltan a
las noticias. Noticias que prefieren centrarse en cuestiones mucho más
interesantes, como el caso de los titiriteros, que reciben una cobertura mucho
más extensa que las operaciones anticorrupción.
Otra de
las noticias a las que se les ha dedicado menos atención de la que hubiese
considerado deseable es el juicio a los ocho huelguistas que se enfrentan a
penas de más de seis años de cárcel. Ambas representan el futuro más que
sombrío para las libertades en este país que se empeña en llamarse España. La Ley
Mordaza, como se avisó desde el principio y se va confirmando, una herramienta
muy potente para criminalizar la protesta. Prácticamente todo puede ser motivo
de denuncia, desde el inicio de un boicot hacia un producto hasta la
manifestación ante las Cortes. Como ya ensayó con éxito Margaret Thatcher, a
base de multas y detenciones se consigue atemorizar a los sindicalistas y,
sobre todo a los manifestantes, que bastante tienen ya con la merma en el
sueldo que implica perder un día de trabajo y las amenazas más o menos veladas
de sus jefes.
Pero el
caso del guiñol es, a mi juicio, más peligroso. El fin de semana pasado, cuando
escuché hablar de enaltecimiento del terrorismo en un guiñol del carnaval de
Madrid tuve la seguridad de que algo se me escapaba. Los periódicos
generalistas y la televisión se volcaron en dar una monolítica versión. En un
espectáculo para niños organizado desde Podemos se ensalzaba el terrorismo en
una pancarta. Que no gana Carmena para disgustos desde Zapata.
A lo
largo del domingo me fue quedando claro que había sido una interpretación
interesada por parte de la fiscalía y, sobre todo, del juez que interpretaba de
manera sesgada la obra. Un poco, recordaban en las redes sociales, como en la
escena de La vida de Brian, cuando
acusaban de blasfemia por nombrar a Jehová, y cada vez que se explicitaba la
acusación llovían piedras por la blasfemia de nombrar a Jehová, y así
sucesivamente. Me enteré de que era una denuncia de las manipulaciones de
pruebas por parte de la policía, que ponían carteles a favor de Alka-Eta,
mezclando las dos organizaciones terroristas en un único grito. Que se
detuviera a los autores del guiñol por eso mismo no hacía más que corroborar la
acusación.
Eran
terroristas de la CNT, lo que faltaba. Que nunca había escuchado yo hablar de
que los anarquistas fueran partidarios del nacionalismo ni de islamistas, cuando
ellos su lema siempre fue ni dios, ni patria, ni ley. Pero daba igual. Eran
enaltecedores del terrorismo y merecían estar en prisión sin fianza. Que no
entiendo que estuvieran en prisión sin fianza, a ver qué podían hacer cuando
salieran, si podían destruir pruebas en discos duros o en domicilios
particulares. Como sí que pueden hacer los acusados de fraude o corrupción, que
al rato están en la calle.
Lo más
increíble es que las imágenes estuvieron colgadas rápidamente en la red. Y que
en Granada se había representado la obra sin escándalo ninguno. Pero, y aquí
está lo grave a mi juicio, muchísima gente, empezando por la alcaldesa Carmena
y la concejala Celia Mayer, pidiendo disculpas, ordenando comisiones de
investigación, denunciando a quienes habían sido contratados desde el
ayuntamiento. Muchos comentarios en las redes sociales, no en los periódicos,
que siguieron hablando de terroristas, centraban su crítica en que la obra era
soez e impropia para tiernos infantes, obviando que la acusación y
encarcelación había sido por enaltecimiento de terrorismo. “Vale, sí, quizás
fuera un poco exagerado, pero era de mal gusto para los niños.”
De mal
gusto para los niños son muchísimas cosas, desde los propios programas
infantiles a otros que tienen esa misma pinta, como esos dibujos animados para
adultos con trazos tan parecidos a los infantiles. La misma semana santa o los
toros me parecen demasiado gore y no
son pocos los niños que se asustan de los tambores. Yo soy muy crítico con esos
programas, detesto a Shin Chan, como muchos padres, pero también Doraemon y la
práctica totalidad de los dibujos de la factoría Disney, pero no se me ocurre
denunciarlos. Para gustos, colores. Y de eso va la libertad de expresión, de aceptar
otras maneras y otros decires. Los guiñoles, por otra parte, siempre han sido
violentos en extremo. Es la tradición.
El caso
del guiñol no consistía en la transmisión de unos contenidos inapropiados para
niños, como ya advertieron los titiriteros, el caso del guiñol consiste en
apología del terrorismo. Y ha contado con el apoyo inconsciente de miles de
personas anónimas que en sus grupos discutían sobre la pertinencia de un
espectáculo para niños cuando la cárcel se basaba en el terrorismo.
Por
supuesto que estoy en contra del terrorismo, que no sólo es utilizado por
bandas de ideología política, ni nacionalista, hay narcotraficantes, secuestradores,
incluso estados que, a través del terror, consiguen sus propósitos. Estoy en
contra de cualquier violencia, así que siempre en contra de su uso o amenaza.
Pero aquí se ha utilizado la palabra “terrorismo” para desarticular cualquier
pensamiento crítico. Si estás con las víctimas, tienes que estar a favor de la
condena, tienes que estar en contra de los guiñoles.
Las
condenas por enaltecimiento del terrorismo se han multiplicado en los últimos
años, coincidiendo con el fin de la actividad armada de ETA. A ver si lo que se
quiere es callar todo lo que se hable acerca del terrorismo. Si explicar el
fenómeno del terrorismo es ser insensible a las víctimas, entonces estamos
llegando a una dictadura totalitaria. Explicar no es lo mismo que justificar.
En las facultades de Medicina se explican los mecanismos de la enfermedad y no
se está a favor de ellas, por muy necesarias que sean a los médicos para
ganarse el sustento. De todas formas, el miedo está ahí. Con el ministro explicando
clarito que ETA espera como agua de mayo un gobierno de PSOE con Podemos. Por
eso es más creíble todo este despropósito, porque estaba organizado desde la
marca blanca de Podemos en el ayuntamiento de Madrid.
Pues a
este juego se han apuntado muchísimos, con toda la buena voluntad del mundo, indignados
por proteger a los niños. No se trataba de multar, sino de identificar una
pancarta con el terrorismo cuando precisamente denunciaba lo contrario. Y, por
supuesto, y como explicaba una madre a los medios. La extrañada era ella, los
niños no entendieron nada.
Lo que
sorprende y asusta es que todo estuvo ahí, dispuesto para ser consultado: las
imágenes del espectáculo, las declaraciones de los responsables políticos, el
auto del juez, las tremendas manipulaciones de cierta prensa apellidada
---digital… Y, efectivamente, no pocos han rectificado y se han pasado a
defender la libertad de los comediantes. Por eso me duele la actitud
complaciente y cobarde del ayuntamiento de Madrid. Habría que haber defendido a
los acusados del delito por el que estaban en prisión, en lugar de haber
insistido tanto en que era un error, de mal gusto, y todo eso. La libertad de
expresión es básica para que España no se convierta en una dictadura de esas
que nos gustan, como la Saudí, o de las que nos disgustan, como la de Venezuela
(aunque en esta haya elecciones que gane la oposición).
Cuando
se perpetraron los bárbaros atentados contra Charlie Hebdo, todos quisieron ser Charlie, todos estaban a favor de la libertad de expresión, aunque
fuera blasfemia. Ahora deberían haber salido todos a manifestarse a favor de
guiñoles que dan palizas a otros guiñoles. En lugar de eso la población se ha
volcado en ejercer de familiares de Santo Oficio, denunciando y aclamando las
denuncias, en lugar de prever que los siguientes podremos ser nosotros. Que
seremos nosotros.
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