domingo, 29 de septiembre de 2019

Contradicciones


Cuando decimos que el ser humano es racional parece que olvidamos la multitud de actuaciones que realizamos por razones peregrinas. La razón no es siempre razonable, ni lo razonable tiene siempre la razón. Somos capaces de defender una posición y su contraria, no sé de qué manera las personas gozamos, porque es gozar, de una ceguera selectiva para ciertas disfunciones. La psicología habla de sesgos cognitivos, pero también insiste en la disonancia cognitiva. En ocasiones, cuando nuestras creencias son muy poderosas o se atacan las bases más esenciales de nuestra personalidad o nuestros intereses, transformamos la realidad, es decir, nuestra percepción de la realidad se funde con la fantasía y afirmamos que el dios único es trino.
                La deseabilidad social, esa necesidad que tenemos de agradar a los que nos rodean, es muy chivata, porque obliga al hablante a conjugar un discurso supuestamente aceptable, con las ganas irrefrenables de expresar lo contrario. Puede conseguirlo, sin duda, pero la comunicación no verbal, e incluso la verbal, suele delatarnos, como un finiquito en diferido con simulación de contrato. De manera usual las frases comienzan con “yo no soy…., pero…”. No soy racista, pero los gitanos, los inmigrantes, los musulmanes… El subtexto es muy elocuente. No me gusta ser racista, pero lo soy. No está bien visto ser un racista, pero me sale de dentro.
                No nos gusta que nos pongan en evidencia. Odiamos constatar que no somos tan perfectos como nos gustaría. Asumimos de muy mala gana que obramos mal, que no hacemos lo suficiente o que somos algo hipócritas. Lo sobrellevamos si es un buen amigo quien nos lo advierte, pero en los demás casos, echamos tierra a la amistad, o ponemos tierra de por medio. Lo vemos demasiado a menudo. Sospecho que en el miedo al dentista pesa tanto el dolor al instrumental como el bochorno de que nos recuerde que no nos cepillamos bien, no usamos correctamente la seda dental… Ellos lo saben y algunos son condescendientes. A fin de cuentas no se pueden permitir el lujo de perder clientes.
                En el plano moral o en el político sucede algo parecido. Quizá nos veamos como seres bienintencionados, con un compromiso mucho mayor y una conciencia sobre los temas candentes mucho más clara y pura. Aun así, hay activistas que realizan su labor de manera más comprometida. Estamos por encima de ellos. Nosotros, al menos, no tenemos contradicciones. O no somos capaces de percibirlas.
                Me aventuro a sospechar que algunos de los movimientos sociales contemporáneos no tienen buena prensa porque nos recuerdan las pequeñas miserias que cotidianamente cometemos. Mucho se está hablando del ecologismo a cuenta del movimiento encabezado por Greta Thunbert. Las despiadadas críticas como las benévolas siempre hacen hincapié en lo peligroso que puede ser el integrismo ecologista. A un paso del ecoterrorismo, dicen, ignorando, no sé si deliberadamente, los cientos de asesinatos de líderes locales en América Central y la Amazonia. Y mucho antes que esta jovencísima líder, no hay excusa. El ecologismo cae mal porque nos pone delante de las narices lo poco que hacemos para conservar el medio ambiente y lo mucho que seguimos haciendo para empeorar nuestras propias condiciones vitales.
                El hecho de que esta mala conciencia esté patrocinada es también motivo de debate. Sorprende muchísimo que se desprestigie este movimiento porque hay oscuras tramas de energías alternativas o millonarios que, con cara de filántropo, se estén forrando con esta publicidad. ¿Cómo somos capaces de olvidar los lobbies de energías contaminantes, como el carbón, el petróleo o la energía nuclear? ¿En serio creemos que son más poderosos? Por eso consumimos la mayor proporción de energía eléctrica proveniente de energías verdes.
                Quizás la mala conciencia esté patrocinada precisamente por estos contaminantes en el sentido de decirnos a la cara, tú también contaminas. Incluso las vacas contaminan. Tanto que olvidamos la principal fuente de contaminación, que son las industrias basadas en el carbón, el petróleo, los desechos y la falta de control.
                El veganismo se presenta como una opción moral (qué curioso, también habla de la huella contaminante de la industria cárnica) y por eso tendemos a rechazarlos. Los moderados porque estamos incómodos. Los más insensibles aprovechando argumentos soeces ad hominem, o ad mulierem en las últimas semanas.
                No solo el machismo es el gran enemigo de la igualdad. El feminismo debe luchar también contra la inacción de los que creen que con la igualdad legal está todo conseguido y por ver un par de mujeres en puestos importantes ya es suficiente para constatar que cualquier mujer está en las mismas condiciones para alcanzar cualquier puesto o cargo. Y sabemos que no es cierto. Sabemos que hay mayoría femenina en el estamento de los jueces, y sin embargo, ni una en el Consejo Superior del Poder Judicial.
                Personas, varones y mujeres de bien se sienten cuestionados por sus actitudes machistas, aunque sea en esos micromachismos cotidianos que se van escapando y que dentro de unos años nos parecerán inverosímiles. Varones que no se sienten machistas ven con desagrado lo que consideran una exageración. Exageración es decir que el feminismo está acabando con la cultura y la libertad, como defendía un ilustre liberal unido sentimentalmente a la crema de la prensa rosa. ¿Cómo voy a ser machista yo? Frase que he escuchado demasiado a menudo para comprobar, acto seguido, que se siguen insistiendo en las mismas discriminaciones absurdas entre hombres y mujeres. No vemos la incoherencia. Y nos importa.
                Abogamos por sentirnos todos hermanos, pintamos carteles con todas las razas, celebramos la epifanía del niño Jesús como símbolo de la llegada de la Palabra de Dios a todos los pueblos. A la vez tememos al que viste diferente, al que tiene aspecto de ser más moreno, que viste con otras costumbres. Sospechamos de los menores cuando se nos cae la baba con los niños. Así somos. No nos importa porque los progres son peores, son capaces de comprarse grandes caserones, celebran bodas con lujos, compran ropa o coches de gama media o incluso alta. Les exigimos que sean como sus votantes porque son incoherentes. No pueden representar a los pobres si no lo son. Por lo visto los partidos conservadores no tienen obligación de representar a toda la población, pobres incluidos, y por eso pueden hacer exhibición de descocada inmoralidad en sus gastos.
                Lo que nos duele es la conciencia de una culpa que podríamos subsanar, que implicaría compromiso y constancia. Un poco de reflexión porque, además, todos saldríamos ganando. Preferimos la culpa sin necesidad de reparación, porque no obliga a nada y nos da la sensación de ser buenos por reconocer el pecado. La Iglesia lo sabe, y, para no perder más adeptos conjuga sabiamente la regañina, la acusación perpetua de la culpa con la condescendiente suavidad del perdón. Nos permite entrar como pecadores, y poder volver a serlo mientras estemos en el seno de la Santa Madre. Dios lo perdona como un padre. El problema es que el planeta no se puede permitir ser tan débil de carácter. No perdona porque moriremos aplastados en la basura y la contaminación.

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