sábado, 17 de junio de 2023

Reseña de Nerea Riesco: ‘Desnuda y en lo oscuro’. 2020

Desnuda y en lo oscuro: Poemario ilustrado : Riesco, Nerea, Flores, Juan  Antonio: Amazon.es: Libros

Nerea Riesco es más conocida como novelista: La ciudad bajo la luna (2022); Los lunes en el Ritz (2018); Las puertas del paraíso (2015); Tempus (2010) ; El elefante de marfil (2010); Ars Magica (2007); El país de las mariposas (2004). También ha cultivado la literatura infantil. Este Desnuda y en lo oscuro es su única incursión en la poesía y fue editada por primera vez en 2011 (Anaquel). Cuenta con las ilustraciones de Juan A. Torres.

Como ya se avanza con el título, son poemas de contenido más que amoroso, sensuales y eróticos, incitando a la imaginación más que provocando: “es una suerte / que yo naciera cóncava / y tú convexo” (Haikus); “entonces te confirmo entre los labios y / -como ánfora del marino a la deriva- / reservo el sabor a sal que me derramas” (Sabes a sal). La técnica se asienta en las referencias más sensuales (“Soy pan / te espero impaciente / envuelta en tela de hilo”, Ser pan); “Plena de almíbar / la soledad vacía / entre mis piernas”, Haiku III) más que en reflexiones sobre el deseo, que también estás presentes: “El placer vigila / en la frontera de la piel que habito” (El placer vigila); “Creo que me amo, / amor,/ en el reflejo marmóreo de tus ojos” (Creo que…); “Me ha despertado el sonido de tu tristeza / la zozobra de mi ausencia entre tus sábanas” (Soy tuya). Entender la entrega como un momento místico: “Ahora el verbo se hizo tu carne / tibia / sacramental / sanadora del alma” (Hazte verbo).

La segunda parte, En lo oscuro, aborda la ausencia, el final del amor, la memoria y el sufrimiento: “Lo que recuerdo / es el mes de diciembre / las hojas desmayadas fermentándose en el légamo / y las gotas de lluvia / como tímidas lagrimitas / lamiendo zapatos” (Recuerdos de ti); “Mañana en la mañana / cuando se haga real tu infinita ausencia / acunaré nuestros recuerdos / en el hueco de mis manos”. Como en cualquier proceso de duelo, hay momentos de negociación, de supervivencia y de vuelta a la nostalgia: “Ahora sé que todas las historias del mundo / ya existían donde tú existe / ese lugar en el que estarás escribiendo / las palabras que faltaban de mi” (La marca laca de tus uñas). Y, por supuesto, de reproches: “Devuélveme los días con sus noches / el peso de mi ausencia en las esquinas” (Te odiaré hasta la muerte) para llegar a un punto de equilibro que rescate lo mejor de la relación: “Seguro que en este punto / ya alcanzaría a saborear / la pena por lo que no fuimos” (Por ejemplo).

Un poemario digno sobre los temas universales del amor, el deseo y la pérdida.

martes, 13 de junio de 2023

Reseña de Ernesto Frattarola: ‘La vida oculta’. AdVersus, 2022

La Vida Oculta (libro del 2022). Escrito por FRATTAROLA ERNESTO. ISBN  9788419343352 | La Vanguardia


La trayectoria de Ernesto Frattarola, Herido mármol (2014), Uno (2015), Cuarto menguante (2018), presenta una voz muy personal en el panorama poético especial. La que consigue mediante los mínimos elementos conmover a través de la mirada que se asoma a lo más profundo de las emociones. Este La vida oculta está dedicado al futuro, ese que se compone de pequeños retazos, como los que la señora que limpia la oficina conoce: “La señora que limpia la oficina / sabe mucho de mí. // De noche y en silencio, / protege mis secretos y los mezcla con otros materiales de desecho” (Alba). Los retazos que vamos recomponiendo en el recuerdo a base de eliminar, retorcer y limar: “Borramos nuestras huellas / con el agua caliente y su violencia /…/ La memoria es mentira y transparencia” (Vajilla).

No es la de Ernesto Frattarola una poesía complaciente, puede destilar la más descarnada acidez: Quince horas cada día, / ignora por completo nuestra vida // Como un mueble en desuso, / como un muerto lejano, / envuelta en algodón / la gata duerme /…/ La miro fijamente. // Imagino / mil formas diferentes de matarla” (Dios). Los poemas van desgranando sutilezas que se confunden en la Bruma (“Hay una casa en la niebla y es la nuestra /…/ o tal vez descubres que es verdad / nosotros es la niebla”); que están habitadas por espíritus (“Los fantasmas ocupan el trastero / respirando despacio y en secreto / la oscuridad y el humo”, 20,5oC); que ocupan los más minúsculos rincones (“El universo es el hueco de una cerradura. //Dejo la llave dentro para ocultar el mundo, / y al mismo tiempo abrir la posibilidad. // La casa es el lugar del que marcharse”, Dintel).

El paisaje que el poeta habita está lleno de emociones radicales: “El dolor en racimo” (Cepa); “Cobardía de abrazar el dolor / solo si se presenta /…/ Nunca la posibilidad / de que el hijo se muera” (Pragma); “Solamente un destello / los separa: / la maldad y el deseo se confunden. // La maldad y el deseo son deseo” (Alquimia); “También es una muerte /…/ Cómo decirte que ya no te quiero” (Pésame). Los poemas son, precisamente, como bruma: expresiones simples, frases sueltas que, de repente, se despejan y aparece, de golpe, el tema del poema, como acierta a definir en Lazo: “Deshacer el nudo es también romperlo”.

Formalmente los poemas discurren por cauces que dotan de musicalidad sin que interfieran en por su destreza en el fondo del tema. Puede componerse a base de haikus, sin que sea la estructura la protagonista: “Cuando haya muerto, / los dálmatas sabrán / donde cavar” (Dálmatas). La Huella –título de una de las secciones– es, en parte, la manera en la que tenemos de plasmar con palabras la realidad y la experiencia: “Abro la puerta y miro / este poema ha nacido muerto. / No hay nada que decir pero lo digo /…/ Soy un pequeño dices que se arrepiente / del lunes y del sábado. / Y el domingo descansa. // Y el lunes se levanta y se arrepiente” (Génesis). Una huella cotidiana que se compone de sufrimiento y de belleza: “El almuerzo de hoy. / El comedor. / El llanto. / (La comida es tristeza o conduce a la tristeza). // La depresión de tu madre)” (Hábitat).

Además de esa recreación por la escritura, los ejercicios cotidianos ayudan a recomponerse: “Diez mil pasos al día / acaban con las ganas de llorar” (Pulso). Como ayuda también las imágenes y los presentimientos: “Imagínate al diablo en una isla. / Envejecido y solo, como tú” (Lava).

“Mi cuerpo es una grieta

…

No soy más que un andamio envejecido,

un cuerpo deshaciéndose por dentro.

 

Ya no soporto ni mi propio peso.

 

Caeré. Y cuando caiga,

esto que fue sostén será colchón,

refugio para que no podáis dormir

cuando yo duerma” (Columna)

Como no podía ser de otra manera, la última parte se titula Síntesis y condensa esa sensación de inquietud vital, de existencial angustia que contagia todo el volumen como aguas subterráneas.

“Mi vida es un epílogo.

He tenido dos hijas.

No heredarán la culpa ni el ejemplo.

 

Fui feliz. Estuve solo. No sé.

A veces siento ganas de enfermar,

para tener motivos

…

Me aniquila el deseo.

…

Quién me recordará.

Por cuánto tiempo” (Síntesis)

 

miércoles, 7 de junio de 2023

Reseña de Marga Blanco: ‘La puerta de mi casa’. Sonámbulos Ediciones. 2022

 LA PUERTA DE MI CASA | MARGA BLANCO | Casa del Libro


Antes de este volumen, Marga Blanco ya publicó En un continente cualquiera (UGR, 1997), A cierta distancia (Cuadernos del Vigía, 1998), Mirando pájaros (Maillot Amarillo, 2003). Señalaba con acierto el gran sociólogo Georg Simmel que la puerta y el puente (tür y brücke, en alemán) gozaban de la dualidad entre dejar pasar y apartar. Igual sirven para separar que para unir. Y precisamente este carácter dual es el que se filtra en los poemas. Comienza con la amarga sensación de que “Pero la felicidad seguirá adelante / –erguida, firme, decidida– / ignorando que existe / la puerta de mi casa”. Un yo interior al que la felicidad estará ajena. En la primera sección, Puerta adentro, se encuentran poemas íntimos, casi de conversación con la propia conciencia: “Te está salvando el arte de los libros /…/ ¿Quién sabe si no era una mueca de dolor / lo que ocultaba tu sonrisa?” (Enigmas).

Sin embargo, hay un sufrimiento dentro de la casa cuya profundidad vamos intuyendo: “Como tu hijo era, hasta entonces. / El tiempo debería tener limbo. / Te despiertas en mitad de la noche / y sueñas que amanece / (un nuevo día. / Hoy podría ser treinta y dos de octubre” (Treinta y dos de octubre). Son precisamente las ausencias, los muertos que todavía están presentes de manera más fuertes: “Tus palabras –las que nunca dijiste–, / polluelos sin nido, no sobrevivieron. / Así te sentimos más humana en tus frágiles razones / y mucho más cerca” (Las palabras de los muertos); “A veces, de repente / los muertos aparecen a lo lejos / como sirenas de ambulancia / para recordarnos / que descansamos en lo efímero /…/ se señala la cara / para pedir un beso, / como lo harían si no estuvieran muertos. / Con los mismos gestos, la misma ropa, / la misma edad de cuando nos dejaron. / Puede que se manifiesten así / porque  sin duda algunas son / verdaderamente inmortales” (Los inmortales).

En el Patio de atrás vamos asistiendo a las consecuencias, a las secuelas indelebles del dolor: “Cuando escuchaba la sirena de una ambulancia / o el pitido de un coche /…/ me persignaba treinta o cuarenta veces / y salvaba un herido. / A mis padres / los protegía de la carretera. /…/ Yo cruzaba las piernas bajo el escritorio / -con frecuencia perdía la cuenta de las veces-, / y lograba salvarlos. /…/ Con el tiempo perdí el poder de salvar a nadie. / De hecho algunos habéis quedado por siempre en el camino” (Magia y derrota). El dolor se viste de maldad, el abandono de intención: “La maldad tiene ojos / como cuencas rebosantes de envidia / de niñez de permanentes ojeras” (Hangover);  “Todo sueño revive con tristeza / al verse reflejado en el espejo” (Un sueño de hule). Las sombras de la ausencia nublan cualquier atisbo de felicidad: “Hoy domingo que suenan las campanas / no hay prisa por enseñarnos el mar” (Domingo con campanas al fondo); “Yo fui muchacho de anhelar abrazos / de un correlimos que llegó en la noche; / besé labios lejanos como barcos / y viví como esas mujeres / que viva viviendo otras vidas” (Día de playa).

Marga Blanco está escribiendo desde un yo dolorido, con una herida cuya cicatriz es bien visible. En La terraza, deja claro que es casi imposible sobrellevar el duelo por mucho que avance la vida: “Por ti todo lo tiraré: / vanidades diversas, / escenarios, cortinas, / bailarinas en sus cajas caerán / por el barro de un otoño incipiente” (Adviento). Preside una voluntad desde lo oculto que cierra esa puerta: “Asómate un día, pues nuestra hija / tal vez sin darnos cuenta / se colará por la terraza” (La terraza). Paisajes sin sol, sin horizonte, sin destinos: “Tienen hijos sin alegría / aquellos que nos auguraban / un sacrificio ciego, / la negación de todo cuanto era / al margen de unos ojos / de pestañas largas” (Mientras duermes).

Solo presenciamos atisbos de rebeldía, como bocanadas de aire de alguien que se ahoga: “Que contigo se muden las montañas, / que adquieran otros nombres, / que me lleve conmigo la alegría. / Que nos condonen las palabras / pensadas en los pasillos del lunes / en mesas sin sauce ni gárgola. / Hagamos, pues, un viaje” (Viajar contigo). Los momentos lúcidos ven nubes sin resplandor: “Pero también hay días de plomo / donde lo mejor es cruzar los dedos: / Tal vez mañana, a ti que me lees, / la nieve te tendrá en sus manos” (Un deseo).

La puerta de mi casa es un libro duro, que ataca el dolor y la pérdida sin lirismos que oculten la crudeza. Pero sobre todo, es un intento de romper ese círculo y que la nueva casa de la herencia pueda abrir las puertas para que salgan y entren los momentos felices. En un emotivísimo final, Marga Blanco mira a su hija y espera.

“Son niños de infancias hechas a mano

Cerramos la puerta y se lo susurré

a tus ojos dormidos –como si entendieras–,

Me gustaría, hija, que supieras

que las cosas que son tuyas

tal vez nunca te pertenezcan” (Infancia en Tantle Sap)

 

lunes, 5 de junio de 2023

Reseña de Francisco Caro: ‘Locus Poetarum’. Polibea. El Levitador, 2017


Espléndido prólogo de José Cereijo da paso a un poemario ceñido a las coordenadas de un curso escolar, una metáfora vital que evidencia que de la escuela difícilmente podemos salir. Algunos poemas ya estaban publicados, otros son inéditos, pero el conjunto es un robusto poemario de emoción contenida y sabiduría poética.

La prueba de ingreso recuerda la artesanía que se esconde tanto en la forja como en los versos: “Qué dúctil a los versos es el hierro. / Yo he visto hacer su forja” (La fragua de Ángel). Comenzamos con el Primer Trimestre, los asuntos de un poeta bisoño_ “iréis / guardando en los cajones, / con su fecha, / el instante preciso, los asuntos, / la ciudad y la nube / donde pudo asaltarnos / la impaciencia del ebrio / no sea que el dolor o la memoria, / un aroma imprevisto de lavanda, / algún libro o la lluvia / de septiembre preguntas / la ocasión es que un día es encontraron” (Advertencia). La biografía que se escribe con una bibliografía: “Me gusta leer / despacio a los poetas que me amaban, / me hicieron tanto mal / que sin piedad ni furia, ni esperanza, / sabedlo, los denuncio” (Denuncia). En especial destacamos la figura de José Agustín Goytisolo (“Recuerda que el dolor nunca es antiguo / y que sigue extendiéndose, / que no es ajeno, / porque somos nosotros”, Canto a J. A. G.); Oliveiro Girondo (“cuánto amo los versos que son valijas viejas y moradas / para llevar callados los instantes”, Oliveiro y los versos). Como sentencia Francisco Caro en La curva libertad: “a veces / la poesía es / un carcelero ciego”.

En el Segundo trimestre se homenajean figuras más cercanas en el tiempo, Ángel González,  Cirlot, Vallejo, Auden, Ángel Crespo, Ungaretti, Antonio Colinas: “quién pudiese escuchar / tanta brasa y su fruto, / tanta luz en penumbras / quién pudiera saber, como Colinas, / que solo en tacto / se pronuncian los dioses / o que arder es mirar / y el relato ceniza en los ojos” (Fuego en Paestum). Francisco Caro desgrana con la devoción de quien aprovecha tanto la lectura como la vida: “no os extrañe / si el buen poema escrito / permanece secreto, sigue oculto / a la vista de todos, entre miles y miles / solitario” (El buen poema escrito). Sabe con lucidez que ni en los versos ni en la vida hay solución: “No lo busques, poeta / mercader // para ti no habrá nunca / el poema perfecto” (Anónimo censo).

Toma la voz de otras poetas: “Yo soy Anne Sexton / mi primera persona” (Alguien escribe el último poema de Anne Sexton); “húmedo, quiéreme, píseme, que tu deseo pise / el antiguo y ajeno de Alejandra / que esperaba… te” (Alejandra Pizarnik ensaya su muerte), igual que se acerca a Kavafis: “Luego sea vago ayer los cuerpos, / por extender la ruina del poema // sea viaje sabernos sin destino” (Viaje a Adonis). Este no es un curso académico, es la vida que se encarna entre los versos: “entre versos / al animal rebelde, / al vagabundo andar del unicornio / al que los dioses llaman Poesía” (El cazador); “Llegué a los verbos / desde el vengo, yo vine / por el mar a la mar, dije espiga / a la espiga, tal vez por eso, / por su voz de inocencias, / viví calladamente” (Contra la indefensión).

Un proyecto vital que va madurando en el Tercer trimestre: “Sucede que los tigres envejecen” (Café Gijón). El poeta se acerca a su oficio con la sabiduría de los años: “Tintada o fónica, / el poema es materia, / un fenómeno físico, medible. / La poesía nunca” (Nunca); “Mi conciencia son nombres espirales / esperando a ese día, el único entre mil” (Pessoa busca en todos los escaparates); “huella presa de sílabas contadas” (El verso). Porque no se trata de contar sílabas con las manos, sino que, como aconseja: “sabed que no es la nieve / ni el camino, / sino la forma / del camino en la nieve” (De la voz como estela). Y es que  “solo el poema puede / penetrar, / bisturí, la verdad / y no romperla // alojarse en su vientre, / dejarla en confusión, / embarazada” (La verdad). En suma, sentencia: “ni él ni yo debemos / aceptar más palabras” (Cabo).

 

 

 

sábado, 3 de junio de 2023

Reseña de Gabriela Rosas: ‘Blandos’. Petalurgia. 2021

Gabriela Rosas on Twitter: "Mi gente de @petalurgia 🇪🇦 y El Pez soluble  🇻🇪 coeditan Blandos, uno de mis poemarios. Agradecida con el equipo, la  ilustradora maravillosa que dió rostro a Blandos @


Nació en Venezuela y es poeta, narradora y editora. Por el momento lleva publicados La mudanza (1999), Agosto interminable (2008), Blandos (2013), Quebrantos (2015), El carro (2022) y está incluida en la antología Nubes, Poesía hispanoamericana (Pretextos, 2019). Esta edición para Petalurgia cuenta con las ilustraciones de Sol Linares. Son 16 poemas en los que se dirime la experiencia vital y la lírica en pequeñas viñetas: “El blanco es uno frente a la página / frente a la silla vacía (el hermoso paisaje que no supimos habitar /…/ blancos de la sed propia y ajena / cada día es una soga al cuello” (uno).

La experiencia vital habla de soledad y ausencia: “me tocas el silencio / la piel que no se nombra” (dos); “los fríos son los voluntarios / los sospechosos” (tres). La experiencia lírica acompaña esta tristeza: “un poema llueve / esa caricia / sobre el hombro / es un pez / somos la voluntad de escuchar / el silencio. /…/ nunca le mientas a un deseo” (cuatro). La voz que sale de los versos dice de sí misma: “Puedo ser un pájaro triste / pero no un triste pájaro” (cinco).

La ausencia significa un proceso de maduración y transformación (“Esta casa blanda / aprendió el óxido del desapego”, seis), que se considera todavía en riesgo y vulnerable (“Eventualmente toda palabra será un nudo / harás una pregunta / cada día que no sepas de mí”, siete). En el fondo hay una especie de nomadismo emocional, de provisionalidad: “Uno guarda en sus maletas lo que puede / a veces / lo que abriga / ocupa tanto espacio / que hay que dejarlo / como todo lo que amas y no se va contigo” (ocho).

Establecido como un viaje y un desafío, dice Gabriela Rosas que “los blandos se queman por dentro / muerden sus labios / viven de emociones / de noche sueñan que otros blandos existen /…/ y agotan sus tímpanos / intentando escuchar el amor” (nueve). Y considera la existencia como un “absurdo / camino / como todo lo que pretende ser conquistado” (diez). Los recuerdos son tenaces anglas en el nomadismo y “El olvido no entiende por qué le niegas un cuerpo / solo recuerda los besos bajos la luna / cuando mira de frente” (once). Por esa dialéctica frente al Otro, frente a los recuerdos y la ausencia, hay una permanente estación de esperanza: “te espero en la letra pequeña / para quemarnos luego” (doce).

Quizás sea en los últimos poemas cuando la dialéctica con el Otro esté más explícita: “Nada es limpio entre nosotros / insistimos en las tormentas / no queremos permanecer / es oxidarse /…/ olvidar los versos / y abrir los ojos / para no quebrarnos / en ninguna parte” (trece). Son poemas en los que la inevitabilidad es el tema del amor que no perdura: “cada despedida es para siempre / una posibilidad /…/ uno extraña al que se ha ido / porque realmente se extraña no / para recordarse uno” (catorce); “en esta ciudad / enfermarías a causa del olvido / te comerías tus propias flores / y te abandonarías de nuevo /…/ entenderías por qué el cielo no existe / o lo entendería yo” (quince). Un colofón sentencia Gabriela Rosas: “vivir tiene su precio / todo lo que amo es un incendio” (dieciséis).